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Conoce su historia

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Conoce su historia

Autora: Isabel González Quintero

Como colombianos, todos debemos considerarnos víctimas del conflicto armado, pero es importante reconocer quiénes son y han sido las víctimas directas de esta violencia, es decir, aquellos quienes tuvieron que aprender al sentirlo en su piel, lo que es estar en guerra. Uno entre decenas de rostros que se han atrevido a señalar y narrar la tragedia colombiana, fue el de Ana Fabricia Córdoba Cabrera. Su vida estuvo envuelta entre la paz y la desgracia; su muerte, aún después de ocho años continúa siendo un relato que acoge múltiples versiones.

Lo particular del campo colombiano

Ser del campo, es una características que tienen en  común la protagonista de esta historia con las más de ocho millones de personas que han sido víctimas directas del conflicto armado (Red Nacional de Información, 2019).

Ana Fabricia llegó de su tierra natal en el Norte de Santander y se asentó en los terrenos baldíos de la zona rural del Urabá antioqueño. Allí  formó su propia familia. De su primer matrimonio tuvo cinco hijos (cuatro hombres y una mujer). Su rutina era simple – aquellas responsabilidades típicas del campesino colombiano-, pero placentera. Sin embargo, el negocio del cultivo del banano atrajo como el aroma del café la atención de multinacionales y de paramilitares hacia aquellas tierras urabaenses, viéndolas como un nuevo medio del cual lucrarse.

“El ambiente social se enrareció y las disputas políticas, así como los intereses económicos, propiciaron el surgimiento de movimientos sindicales y expresiones sociales fuertes en la región […] Asesinos a sueldo comenzaron a generar temores en la zona, que luego se afianzaron con las disputas internas entre los dos grupos guerrilleros -las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y el Ejército Popular de Liberación (EPL)- por el control de sus bases sociales, cometiendo abusos de autoridad con la población, asesinatos selectivos y masacres entre los simpatizantes de uno y otro bando” (Hincapié, 2014)*1.

En ese periodo temporal, no sólo fueron asesinados familiares de Ana Fabricia, también mataron a su esposo Delmiro Ospina y a uno de sus hijos a causa de la inquisición paramilitar en sus tierras. Tomó tiempo para que las amenazas de dichos grupos armados la obligaran a desplazarse, ya que ella  “era muy rebelde para todo, una mujer de carácter fuerte, decidida e incluso obstinada” comenta Víctor Córdoba, familiar de Ana Fabricia.

Quizás dicha personalidad impidió que el miedo la hiciera desistir de su territorio, si bien se había trasladado a vivir al pueblo, regresaba periódicamente a cuidar de su finca. Al final, fue el agravo de las amenazas lo que la hicieron ceder y terminar desplazándose hacia Medellín.

Montañas con olor a asfalto

En el 2001, Ana Fabricia llegó a Medellín en búsqueda de sus familiares y contactos radicados en la ciudad. Al tiempo pudo conseguir un rancho en la periferia de la comuna 13, sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, se vio obligada a desplazarse nuevamente, ya que combatientes de las FARC y el ELN quienes controlaban la comuna, no aceptaron su presencia en el barrio. Al parecer “el paramilitarismo era una red nacional que estaba muy conectada con la fuerza pública, entonces por un lado u otro la ubicaban, y como ella nunca se escondió, realmente era muy difícil que pasara desapercibida” afirma Víctor Córdoba.

Así, Ana Fabricia terminó viviendo en un nuevo rancho ubicado al nororiente de Medellín, no obstante, el barrio La Cruz también se convertiría en territorio hostil para ella y sus ideales, a raíz de no tardar mucho en ser el altavoz de las víctimas denunciando abiertamente la vulneración reiterativa de los derechos de los desplazados, e incluso no dudó en manifestar ante organizaciones internacionales de derechos humanos la “posible complacencia de la Policía con grupos ilegales en el sector” (Semana, 2011).

Su rol bastante activo como líder social de su comunidad, despertó en algunos grupos armados de la zona su afán por silenciarla.  Esto le costó la vida de su segundo esposo -con quien se casó al año de haber llegado a la ciudad- después de que varios hombres atentaron  contra su hogar.

No tardaron en tejer en su contra otra artimaña, Ana Fabricia fue señalada y acusada de ser integrante de la guerrilla, lo cual ocasionó que fuese recluida durante dos meses en la cárcel de mujeres El Buen Pastor mientras se desarrollaba una investigación formal para esclarecer su vinculación con algún grupo ilegal.

“Su vinculación no fue comprobada, entonces lógicamente tenía que ver con el paramilitarismo y con la fuerza pública que de alguna manera estuvo detrás de todo eso […] El simple hecho de protestar ya era un delito aquí en Colombia, además, durante la administración de Álvaro Uribe, fue política de estado perseguir a los líderes sociales porque se asociaban a terroristas, así de sencillo” Aclara Víctor Córdoba.

Sólo basta con recordar -para que se disipe toda duda- que en dicho periodo administrativo se llevaba a cabo la fabricación de pruebas por parte del Ejército Nacional que dio paso al tan sonado término “falsos positivos” en el país.

Al tiempo, “ me comentó ana que con las ayudas que ofrecía la exprimera dama Lina Moreno para dicha población, logró conseguir una casa en la parte baja de Manrique Oriental. Aún tenía la esperanza de encontrar tranquilidad en el sector”. Comenta Deyanira Valdés Martínez, amiga cercana de Ana Fabricia.

No obstante, los constantes hostigamientos por parte de la Policía Nacional, grupos armados ilegales y entidades políticas que lograron permanecer en el anonimato, hacían evidente su declaración de guerra, la cual ella decidió enfrentar. Hasta ahora no es claro si Ana Fabricia era consciente del creciente peligro al cual exponía a su familia, debido a que al poco tiempo su hijo de 13 años fue asesinado, pero ¿a manos de quién?.

El altavoz de las víctimas

La situación económica para los desplazados nunca ha sido la ideal, situación que la empujó en un principio a mendigar más de una vez en los semáforos de la ciudad, pero con la ayuda de Luis Castro, quien ocupaba el puesto de Gerente de Comunidades Negras (actualmente reconocida como Gerencia Afrodescendiente de Antioquia), Ana Fabricia pudo vincularse a la Red Nacional de Mujeres Afrocolombianas “Kambirí”. Así logró acceder a los recursos que disponían a partir de un proyecto de emprendimiento para mujeres que se estaba ejecutando en ese momento.

Allí aprendió a leer y a escribir gracias a las  tutorías de la voluntaria Susana Villanueva. Sin embargo, sus prioridades eran otras como lo comentó Deyanira Valdés, “Ana Fabricia pasaba por unas situaciones bastante críticas que la Red no podía  resolver. Ella siempre nos reclamaba que la ayudaramos con plata o mercado, pero no se podía disponer del dinero sin haber terminado el proyecto”.

Llegados a este punto, resulta evidente el porqué de sus reclamos. Bajo sus hombros pesaba la responsabilidad de mantener a sus hijos, esto hizo que al tiempo decidiese dejar la Red para integrarse en la Ruta Pacífica de las Mujeres, que según ella, esta entidad si le ofrecía mejores garantías. Sin embargo, fueron ambos espacios que habitó lo que le fueron dando paso a su vocación.

“Ella era una mujer política. Rechazaba las ofertas para trabajar en el servicio doméstico, no le agradaba. Prefería estar en las marchas o los foros. Fue en varias ocasiones en las que Ana Fabricia demostró su vocación como vocera o líder social”, agrega Deyanira Valdés.

Fue el dolor generado por las pérdidas de seres queridos y la impotencia al saber de la impunidad de la que gozaban quienes atentaron contra ellos, lo que se transformó en la motivación que Ana Fabricia utilizó para emprender la ardua tarea de ser la portavoz de los flagelos constantes, propios de los desplazados en territorio urbano.

Cada vez fue más frecuente verla rodeada de líderes sociales e incluso de políticos de izquierda simpatizantes de su causa. Se empoderó de su cultura como mujer afro con las asesorías que recibía de su pariente Víctor. Y al tiempo fundó la Organización de Mujeres Aventureras y la organización Líderes Adelante por un Tejido Humano de Paz (Latepaz) cuya misión se centró en acompañar a víctimas del conflicto armado en el reclamo de las más de seis millones de hectáreas de las cuales fueron desplazados.

En últimas, fue la calle donde pulió su discurso y accionar político, tal como lo comenta Víctor Córdoba:

“El ser una líder social fortaleció su carácter y su acción de liderazgo, porque de alguna manera eso la fue visibilizando más, entonces ella asumió ese papel. Porque cuando  llegó acá todavía no tenía la misma fuerza que fue adquiriendo posteriormente, y porque de alguna manera cuando se dan estos movimientos y se denuncia, se empieza a ver que las organizaciones sociales empiezan a hacer entrevistas o a coger elementos de su historia. Muchas ONG tomaban esas historias para reproducirlas”.

Esta nueva visibilización trajo a sus espaldas un arma cargada de nuevos argumentos para impartir daño. En Julio del 2010, su hijo Jonathan Arley fue asesinado presuntamente a manos de dos agentes de la Policía a quienes Ana Fabricia -sin temblarle la voz- denunció al tenerlos claramente identificados, y fue a raíz de este suceso lo que enfocó su determinación de rechazar la guerra en todos los escenarios disponibles. Ella llevó el caso de su hijo a cuanta organización de derechos humanos, foros o medios de comunicación le atendiese, aumentando las ya acumuladas amenazas en su contra. “Se vio obligada a salir del barrio donde vivía. Las noches las pasaba en los hoteles del centro de la ciudad y los días anunciando que la iban a matar, como lo hicieron con sus hijos, con sus padres, con su esposo, con su hermano, con su gente” (Hincapié, 2014).

El 7 de junio del 2011, las amenazas pasaron a ser hechos. Ana Fabricia fue asesinada por un hombre quien le disparó dentro de un bus que se trasladaba por el barrio La Cruz. Actualmente no se sabe quiénes fueron los verdaderos responsables de este homicidio, pero gozamos del derecho de analizar los detalles de su historia para sacar conjeturas.

Puede resultar a veces instintivo enunciar que debió guardar silencio en vez de denunciar públicamente. Esta afirmación aparte de ser la raíz podrida de la que se alimenta la corrupción y la violencia ya normalizada en nuestro país; resultaba ser inservible en este caso, ya que “así ella no dijera nada corría peligro, por una razón muy sencilla, es que cuando tú eres reclamante de tierras y víctima del desplazamiento, eso sólo basta para correr peligro. O sea, ¿qué tendría que haber hecho ella? No sólo no denunciar, sino renunciar al derecho de restitución; al derecho de reclamar como víctima, y ni siquiera eso es garantía de nada. Estando entre la espada y la pared, no tiene de otra sino que continuar” Puntualiza Víctor Córdoba.

El Estado le falló; El Gobierno le falló; nuestra mísera participación ciudadana le está fallando a los líderes sociales que al igual que Ana Fabricia, entendieron qué es tener sentido de pertenencia por el país en el que se habita. “Ana creía en la pacificación, pero nunca creyó en los gobiernos. Creía que se llegaría a una solución por medio de diálogos tal como los tenemos ahora con los acuerdos de paz, y esperaba a través de su trabajo rescatar aquello que se ha perdido, la solidaridad que ofrece la comunidad en el campo” concluye Deyanira Valdés.

1*Cita extraída del libro “Narrativas de Vida y Memoria. Cuatro aproximaciones biográficas a la realidad social del país”. Una publicación del Centro Nacional de Memoria Histórica – CNMH, 2014.