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Conoce su historia

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Conoce su historia

Autora: Isabel González Quintero

“Soy una mujer negra, sobreviviente de esta violencia indolente en Colombia; una mujer que ha sufrido mucho, pero que no se quedó en una posición de víctima, sino que utilizó su experiencia para ayudar a los demás” (Yolanda Perea, 2019).

El crimen silencioso del conflicto armado

“la felicidad de mi niñez llegó hasta los once años”.

Ricardina Perea, Madre de Yolanda

Ricardina Perea, Madre de Yolanda

En 1997, Yolanda, su abuelo y hermanos se encontraban solos en la casona de la finca familiar. Sus tíos, su abuela y su mamá habían decidido salir a festejar al centro de la comunidad de Pava, que está a solo diez minutos de allí. La vida que una vez fue sencilla, se convertiría en una carga difícil de soportar; ya que esa misma tarde Yolanda sería víctima de la violencia que se ejerce a diario en un país en donde los actores del conflicto armado recurren a la violencia directa como mecanismo fidedigno para  imponer terror en los demás.

“En la tarde vino un integrante de las FARC, me preguntó por la tabla donde estaban las vacunas del ganado, yo se la mostré y él inmediatamente se fue, pero alrededor de las once o doce de la noche regresó. En ese momento estaba durmiendo junto con mis hermanos en los camarotes, cuando este hombre entra y me coloca un revólver en la cabeza. En ese momento abusa de mí con la amenaza de que si hacía ruido mataría a mis hermanos y a mi abuelito”.

Al día siguiente, su familia se hallaba buscándola al ver que ésta no apareció cuando todos sus hermanos recibieron a su mamá que había regresado. Ella pasó toda la noche refugiada en un cobertizo, y si bien escuchaba a sus familiares llamándola, su cuerpo impotente por la violencia sexual que acababa de sufrir, impidió que diera un grito de respuesta.

Según el Censo Nacional de población realizado en el 2018, son las mujeres y niñas quienes registran aproximadamente el 51,4% de la población colombiana, y siguen siendo ellas quienes representan el 91,2% de los casos de violencia sexual en el marco del conflicto armado. (Registro Único de Víctimas, 2019).

“Dentro de este grupo, las menores que tienen entre 10 y 14 años son las más afectadas con un 49,53%, seguidas por niñas que tienen entre 5 y 9 años con el 24,9%”. (Registro Único de Víctimas, 2019).

“La violencia contra las mujeres, en razón de su género, ha sido usada por los actores ilegales y los legales en el campo de batalla” (Salcedo, 2015)*3.

Como consecuencia, en las mujeres indígenas y afrocolombianas (quienes son mayoría en habitar territorios rurales), recae una violencia en la cual sus cuerpos sucumben presos de estigmas que devalúan su dignidad y valía.

Nadie es capaz de prever que la tragedia que acompañó a Yolanda no llegase a su final en ese instante en que su madre la encuentra enmudecida en un rincón de un corral. Puesto que la desgracia que asediaba a su familia no acabaría sólo con ella. Cuando tuvo el valor de denunciar ante su mamá lo sucedido de aquella noche, esta misma se dirigió rápidamente al campamento guerrillero a reclamar por lo ocurrido.

“Mi mamá salió furiosa, cogió su bote y se fue. Ella llega al campamento de la guerrilla donde estaban recientemente asentados e inmediatamente el hombre que yo le dije cómo era, se esconde. Mi mamá empieza a discutir con el jefe de las FARC al ver que este se negaba a creer lo sucedido. Al final mi mamá se marchó y pensé que hasta ahí todo había terminado”.

Yolanda se refugió en la pesca, era lo único que atenuaba en su mente el trauma que implica ser violada. Pero como ya se dijo previamente, el infortunio tenía otros planes para la familia Perea. Mientras que ella se encontraba pescando a orillas de un río a pocos metros de su finca, el mismo hombre que la violó junto con tres de sus compañeros la habían rodeado.

Sin tiempo de poder reaccionar, fue golpeada brutalmente, según él por haberlo denunciado con su madre y el jefe de las FARC. Sólo pararon cuando su abuela apareció al haber oído a la distancia los gritos de su nieta.

“Cuando mi abuelita llega y yo echando sangre por todos lados, me paró y sentí un dolor agudo en el vientre. Yo le digo a ella que pare porque me está doliendo mucho, entonces ella llega y me dice “Mija ¿usted es que estaba embarazada?”.

En menos de seis meses, llegaron a la finca de la familia Perea siete integrantes de las FARC fuertemente armados. Con la excusa de que iban a comprar un ganado y unos cerdos, preguntaron por su madre. Quizás en ella suscitó por un instante un sentimiento de protección que le hizo impedir a Yolanda –quien caminaba detrás de ella- estar presente en esa venta. Poco o por el contrario muy consciente de que podría ser la última vez que vería a su hija, le pidió que se retirara mientras atendía a los integrantes de la guerrilla.

“Esperamos a que se pusiera oscuro para poder regresar a la casa, yo me adelanto y lo que veo es una cobija blanca al bajar de las escalas y otra al lado del chiquero. En ese momento mi abuelito me mira con tanto odio y rabia que yo no me podía mover, entonces mi tía pasa y le pregunta qué pasó a lo que él responde “hija, tu hermana está muerta y mi sobrino es el que está aquí en las escalas”.

Ese día, Ricardina Perea Mosquera y Carlos Perea (madre y primo de Yolanda) pasaron a ser parte de la estadística que abarca a más de 262.197 personas asesinadas en el transcurso del conflicto armado en Colombia (Observatorio de Memoria y Conflicto del CNMH, 2019). ¿La causa? Fue haber denunciado la violencia y haber reclamado sus derechos humanos.

DE NIÑA ME TOCÓ SER MUJER

“En menos de seis meses recibí tanta información, yo estaba que me volvía loca. Pero tenía que decidir si enloquecer o tomar la responsabilidad y velar por mis hermanos”.

Lo que en un comienzo fue una pasión, rápidamente tomó un carácter obligatorio. A Yolanda y a sus hermanos les tocó abandonar sus estudios en el pueblo para retomar sus labores en el campo a tiempo completo. Las FARC  tenían a su familia aislada, estos ni les permitieron salir de la finca para atender a los heridos por los impactos de bala.

“A mi tío tocó curarlo con yerbas, y a los meses nos hicieron salir con una mano adelante y la otra atrás. Entonces pasas tú de tener una infancia maravillosa, de tener casa, comodidad y de tener a tu mamá, a pasar a no tener nada”.

La venganza es una acción que sólo practican los humanos, particularmente se entiende como el acto de castigar a otro por una acción que este ejerció y es percibida como mala o dañina. Hasta ahora todo indicaba que Yolanda tuviera más que motivos suficientes para despertar en ella el deseo de tomar represalias contra aquellos que la obligaron a terminar con su niñez.

Antes de ser forzada a desplazarse, intentó enlistarse en la guerrilla con el claro objetivo de tomar revancha contra los asesinos de su madre.

Sin embargo, “No me aceptaron; dijeron que lo que yo quería era venganza. En ese entonces no entendía bien esa palabra, yo sólo sabía que los quería matar”.

Sin que el rechazo la detuviera, ella ya planeaba su última oportunidad.

“Me quedaba una última opción y era ir hasta el último asentamiento donde sabía que estaba ese grupo de las FARC. Me solté las trenzas y me dejé mi pelo afro; me coloqué una blusita que me dejaba el centro del pecho destapado y preparé una jarra de jugo con Moresco agregando todos los químicos que yo manejaba en la finca para curar el ganado”.

Su plan consistía en envenenarlos, ella sabía que una de las costumbres de ese grupo armado era recibir bebidas que les servían en cada vereda por la que pasaban. Sin embargo, la determinación con la cual iba, se puso en tela de juicio cuando en el camino se topó con un primo quien al verla cargar esa jarra, le pide un poco de jugo para calmar su sed. Yolanda en pocos segundos tenía que decidir si su sed de venganza era más importante que asesinar a su propia familia.

“Sólo me faltaban cinco minutos para llegar, pero ¿cómo iba a matar a un primo mío? Yo hice como si me fuera a caer y ahí derramé todo el jugo. Hasta ese día pensé que la mejor solución era matar a alguien, ya que por mi venganza no sólo iba a matar a los que me violaron y mataron a mi mamá, también iba a asesinar a gente que ni siquiera conozco, ni a sus familias, es que eran muchachos jovencitos”.

El reclutamiento de mujeres y hombres menores de edad es una práctica cotidiana que emplean los grupos armados al margen de la ley para cubrir su cuota mínima de personas para la guerra. Según el informe presentado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, fueron reclutados alrededor de 17.000 niños y niñas entre 1960 y el 2016.

Poco después, Yolanda encontraría la manera de escapar de la mirada cautiva de sus victimarios, ya que ella se había convertido en una persona de interés para estos en el momento en que decidió postularse para ser integrante de las FARC. Ahora más que nunca debía de salir del departamento chocoano, y para ello, contó con el apoyo de la comunidad San Francisco de Asís la cual brindaba protección contra dichos grupos. Yolanda estaba por comenzar un nuevo capítulo de su vida en Antioquia.

Sobreviviente de esta violencia indolente

“Aquel que aprende debe sufrir. Y aún en nuestro sueño, el dolor que no se puede olvidar cae gota a gota en el corazón” (Esquilo)*4.

Tomó tiempo para que Yolanda encontrara el apoyo emocional que aún sin saberlo, necesitaba. La culpa la consumía, le hacía sentir que todas aquellas calamidades -por las cuales hemos recorrido a lo largo de esta historia- fuese su culpa. ¿Y cómo no sentirse así? Si desde el principio su abuelo quizás en búsqueda de un medio para sosegar su propio dolor, cargó sobre una niña la responsabilidad de aquellas muertes.

“Mi abuelito me odiaba, me decía que era mi culpa que a mi mamá la asesinaran, porque si yo no le hubiera contado lo que me pasó, ella no le habría reclamado a las FARC”.

Fue en la ciudad de Apartadó donde contó con el apoyo de dos psicólogas, las cuales le ayudaron poco a poco a recuperar su voz; a resignificar su tragedia y empoderarse de su realidad al hacerle entender que siempre fue una sobreviviente de esta violencia tan particularmente propia de nuestro país. A su vez,  el apoyo incondicional de sus dos hijos fueron factores determinantes en su recuperación. Un nuevo panorama que deja entrever qué se obtiene cuando emerge la resiliencia. A Yolanda le permitió hacer énfasis en sus fortalezas, en la medida en que fue reconociendo y comprendiendo sus traumas como desafíos a través de los cuales se presenta la oportunidad para el cambio.

“El hecho que yo no llore al contar mi historia no significa que no me duela. Si me duele, simplemente he aprendido a manejar de una forma distinta mi dolor. Ahora veo con claridad que quién violentó mi cuerpo, mi territorio y mi familia, no fui yo”.

Soportar algo que parece imposible de hacer, puede ser transformador. Tal vez Yolanda al sentirse menos culpable de su tragedia, fue más quien estaba destinada a ser (una Líder Social),  ya que su lucha no paró ahí, ahora contaba con las herramientas internas para marcar la diferencia a su alrededor. Su segundo paso, fue contar su historia a quien debía escucharla.

“Ir superando lo que me sucedió me hizo entender que desde mi testimonio puedo ayudar a otras mujeres que no entienden que lo que están sufriendo es violencia sexual o intrafamiliar”.

Lina Macías Saldarriaga quien ejerce las funciones de secretaría técnica en la mesa de participación efectiva de las víctimas, ha sido testigo del crecimiento personal que su colega Yolanda ha obtenido una vez que se rompe el silencio.

“Ella ingresó por violencia sexual a la mesa municipal de participación de víctimas en Medellín. Sin embargo, se ha empoderado tanto al irse convirtiendo en representante bajo estos temas de violencia. Primero en la mesa municipal, luego en la departamental y ahora en la nacional. Yolanda es una mujer muy verraca, apasionada, sensible y me sobran palabras para poder describirla”.

Desde el 2011, Yolanda ha venido participando activamente en diferentes escenarios, tal como  la Corporación Afrocolombiana El puerto de mi Tierra, en donde asesora a mujeres en materia de derechos; en el sindicato Utrasd (Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico en Colombia); Hace parte de un grupo de danza en Riosucio el cual cuenta con la misión de promover el bienestar integral en niñas y niños de la comunidad, y como previamente se mencionó, es representante del departamento antioqueño en la Mesa Nacional de Víctimas aportando propuestas que conlleven a la creación de políticas públicas estables para las víctimas del conflicto.

“Trabajo hace más de dos años con ella en la defensa de la vida de las víctimas, de líderes sociales y de las comunidades. En ese tiempo Yolanda se ha mostrado como una mujer valiente que sin importar las adversidades es capaz de transmitir a los demás  paz y tranquilidad”. Agrega Eduardo Medina quien cumple la función de Community Manager de Yolanda.

No obstante, aún sigue siendo blanco de amenazas. Sus ideales,  liderazgo e incluso su misma presencia representan un peligro para aquellas personas o determinadas organizaciones  que ven las intervenciones de Yolanda como obstáculos para sus intereses particulares.

“Si eres defensor de derechos humanos y más en la actualidad, siempre tu vida estará en peligro. En el 2011 empezando el tema del liderazgo, me amenazan con que lo mismo que le pasó a mi mamá me puede pasar a mí”.

Según el informe presentado por la Misión de Observación Electoral (MOE), entre el 2018 y lo que va del 2019, han sido asesinados  alrededor de 160 líderes sociales en todo el país. Para algunos analistas, este fenómeno no se presenta como casos aislados, por el contrario “tiene que haber una estructura, así sea muy oculta, que tiene claro que no puede dejar crecer a los líderes sociales” comentó la directora de la Asociación Minga, Diana Sánchez.

Por encima de todo, Yolanda al igual que muchos líderes sociales no desisten de luchar por sus comunidades. Su historia personal, deseos y razones, son motivos suficientes para no dejarse intimidar, ya que es consciente de que se puede luchar en este país, pero con prudencia. En definitiva, ella no sólo sueña, sino que continúa trabajando por una Colombia donde la violencia sexual no siga siendo normalizada; una nación donde las voces de las víctimas sean debidamente escuchadas.

“La violencia sexual es un crimen de lesa humanidad que nadie por ser pobre, negro, indígena o como sea, debería de vivir ese claro crimen contra tu cuerpo, tu integridad y tu vida. Necesitamos que se unan más voces para que llegue el momento en que Colombia por fin entienda que la violencia sexual o cualquier delito, siempre va a afectar a los más vulnerables; a aquellos que se han quedado en silencio”.

1*Hace referencia a un grupo de personas (niños en específico) que se reúnen para conversar, jugar, etc.

2*Concepto del psicoanálisis que para este caso hace referencia a lo que ocasiona el surgimiento del deseo (la carencia del sujeto)

3*Cita extraída del artículo «Violencia sexual, el crimen silencioso del conflicto armado» del periódico El Heraldo

4*Cita extraída de la obra teatral “Agamenón” presentada en el año 458 a. C. por Esquilo.